Creció en un palacio, escribió cinco novelas y murió sin publicar ninguna: décadas después, su nieto hizo que el mundo la leyera

No hay tantos escritores póstumos que sean referentes literarios. ¿John Kennedy Toole, quizá? En el panorama argentino está el caso de Aurora Venturini, cuya novela más conocida, Las Primas, fue editada cuando ella tenía 86. Pero bueno, estaba viva. Asimismo, es posible que el año que viene surja algún autor muy talentoso del primer Concurso de Literatura Póstuma que organiza la audaz editorial La Conjura (todavía acepta manuscritos).
Un caso reciente admite evaluación. Hace poco, una escritora austríaca dejó de ser exclusiva de los angloparlantes: Elisabeth von Ephrussi, también conocida como Elisabeth de Waal. Libros del Asteroide editó en español su única novela que llegó a publicarse (en 2013, gracias a Persephone Books). Se titula El regreso de los exiliados, y es la historia de un grupo de personajes aunados por el fuerte deseo de reencontrarse con Viena, su ciudad, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.
En sus memorias La liebre con ojos de ámbar y en el prólogo de El regreso de los exiliados, Edmund de Waal, el nieto inglés de Elisabeth (también escritor y reconocido ceramista), da pistas sobre su fascinante abuela.
La noble inédita
Elisabeth nació en Viena, en 1899, nueve meses después de la boda de sus padres. La nombraron así en homenaje a la difunta emperatriz de Austria. Perteneció a la noble familia Ephrussi; su papá era el banquero y bibliotecario Viktor von Ephrussi y su mamá, la baronesa Emmy Schey von Koromla.
Elisabeth de Waal murió a los 92 años, en 1991.Aunque nunca le faltó comida, siempre tuvo hambre de conocimiento. Creció en una Viena moderna y sofisticada que, particularmente, no había avanzado demasiado en la obtención de mayores derechos para las mujeres. En ese contexto, resulta llamativo que, fruto de su obstinación, Elisabeth lograse ingresar en la Schottengymnasium, una escuela exclusiva para varones que había abierto apenas siete años antes de que ella naciera. Estaba enfrente de su casa; la podía ver desde la ventana de su habitación.
A los 14 ya tenía su propia biblioteca y deseaba fervientemente formar parte de los laboratorios de los profesores. Dedicaba sus ratos libres a escribir textos que creía que nunca serían leídos. Por ejemplo, unas memorias en las que describe su vida en el Palais Ephrussi, su mansión ubicada en la Ringstrasse (como se conocía a la avenida que rodeaba el centro histórico de Viena), en un ambiente de “excepcional privilegio” pero con “tremendos convencionalismos sociales”.
Elisabeth se graduó al término de la Primera Guerra Mundial, y fue entonces cuando se inscribió en la Universidad de Viena para estudiar Filosofía, Derecho y Economía, al mismo tiempo que aprendía idiomas y, entre carta y carta con Rainer Maria Rilke, se desarrollaba como poeta. En 1924 se convirtió en una de las primeras vienesas en doctorarse en Derecho.
Tras conseguir una beca Rockefeller en Estados Unidos y estudiar en París, conoció a Hendrik de Waal, quien sería su esposo hasta el final de su vida. Se casaron en la iglesia anglicana de la capital francesa y vivieron en la rue Spontini en una casa con un estilo art déco que rompía con el pasado opulento de su familia. Tuvieron dos hijos, Victor y Constant Hendrik. Debido a las dificultades financieras de su marido durante la Depresión, se trasladó con sus hijos a una granja en los Alpes italianos, donde se encargó de la educación de los niños.
Entretanto, Elisabeth se hizo el tiempo para salvar a sus padres tras la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi, en 1939. Logró enviarlos a Inglaterra gracias a su tenacidad y sus conocimientos legales, pero por sobre todas las cosas a la valentía de viajar a Viena en un momento complejo.
El Palais Ephrussi, residencia de Elisabeth en Viena.Elisabeth llegó a escribir cinco novelas, dos en alemán y tres en inglés, que nunca fueron publicadas. Sí vieron la luz los artículos periodísticos que escribía para diferentes medios de los países en los que vivió. Primero en Austria, después en Francia, luego en Suiza y, finalmente, en Inglaterra.
En 1945, apenas finalizada la guerra, regresó al Palais a buscar cosas que había dejado. Para su sorpresa se reencontró con su doncella, Anna, que le entregó los 264 netsuke (pequeñas esculturas japonesas) que había salvado escondiéndolos en su colchón durante la ocupación nazi. Elisabeth se los llevó a Inglaterra en un maletín de cuero.
Vivió el resto de su vida en Tunbridge Wells, pareciendo “inglesa de la cabeza a los pies”. Allí, convencida de que había sido víctima de “un ambiente enrarecido” y de que no poseía el “don de la comunicación llana”, murió Elisabeth en 1991. Tenía 92 años. En su funeral, su hijo Víctor, ya devenido en sacerdote anglicano, recitó el Kaddish en su memoria.
Éxito póstumo con “El regreso de los exiliados”
Pero Elisabeth tendría su Semana Santa. No resucitaría en tres días, como Jesús, sino casi dos décadas después -y en el plano intelectual- el día en que su nieto Edmund tomó una decisión que lo conduciría, entre otras vastas consecuencias, a usted, aquí y ahora, a leer este texto.
Edmund de Waal, nieto de Elisabeth. Es ceramista y escritor. Foto: InstagramTodo lo anterior se sabe gracias a que Edmund decidió hacer algo con los manuscritos recuperados de su abuela (quien, además, había sido una crítica severa de sus poemas y no escatimaba al comentárselos). Le aportó detalles a sus memorias, La liebre con ojos de ámbar, y logró que El regreso de los exiliados por fin se convirtiera en libro y su abuela dejara de ser inédita.
Mientras luchaba para obtener justicia por el expolio de su familia, Elisabeth escribió una novela que habla de volver después del exilio. Un tema que a lo largo de la Historia afectó a todos aquellos, que, como ella, supieron ser uno con la ciudad. Con las vueltas de sus personajes, Elisabeth también dio a conocer la suya.
Fuente: www.clarin.com



